miércoles, octubre 17, 2007
sábado, octubre 13, 2007
Tengo un poco de frío
lunes, octubre 01, 2007
Orden
jueves, septiembre 27, 2007
sábado, septiembre 22, 2007
Cretino dios
He estado en el infierno. Hace unos días. Un infierno con pasillos en los que retumban alaridos y a los que se accede tras abrir cerraduras. Pasillos llenos de puertas con unas ventanitas sin acristalar por las que aparecen de pronto cabezas gritando o manos o brazos enteros estirados como para coger algo y no soltarlo ya nunca.
-No haga usted aquí fotos, por favor.
-No se preocupe, le aseguro que no se me ocurriría.
En las paredes hay colgados dibujos, algunos con lentejuelas pegadas, otros son rayones de colores o líneas que asemejan animales o paisajes. Los cuidadores vigilan los pasillos, limpian las manos y las caras de los que deambulan de un sitio a otro caminando o en sillas de ruedas, de una puerta cerrada a otra puerta cerrada. La luz es de fluorescentes, blanca, sin apenas sombras.
-Le impresiona esto.
-Sí, mucho, muchísimo.
-Es normal, no se preocupe. Mucha gente empieza a trabajar aquí y aguanta dos días. Esto es duro.
-Imagino que uno se acostumbra a todo si no tiene más remedio.
-No, te acostumbras a soportarlo, a encararlo cada día.
Seguimos avanzando por uno de los pasillos. Mi acompañante saca una llave del bolsillo para abrir la siguiente puerta. Un hombre al ver el gesto del celador sale corriendo hacia nosotros. Tiene la cabeza muy grande, rapada, el cuerpo pura fibra, es un tipo fuerte y muy nervioso, de movimientos rápidos y contundentes.
-No, ya sabes que no puedes salir ahora. Venga, ya lo sabes, agustín, no te pongas pesado, no puedes salir.
Agustín busca el hueco abierto y empuja con ansiedad, intenta colarse a toda costa. Yo llevo la cámara colgada al hombro y la protejo con el brazo. Según lo hago, me avergüenzo de ello, pero no sé hasta dónde va a llegar agustín, aunque al final sólo llega hasta donde le dejan: hasta este lado de la puerta. Yo ya estoy en el otro, en la orilla de los vivos con la certidumbre de que o dios no existe o es un cretino.
jueves, septiembre 20, 2007
Setenta
viernes, septiembre 14, 2007
Suma y sigue (ctrl+c, ctrl+v)
jueves, septiembre 13, 2007
Sugerencia de presentación


miércoles, septiembre 12, 2007
Ikea peninsular
martes, septiembre 11, 2007
¡Agua va!
lunes, septiembre 10, 2007
Las praderas
martes, septiembre 04, 2007
Hoy, escarcha
Ayer por la tarde llegó el congelador nuevo. Es uno de ésos que no hacen escarcha, lo llaman no frost. Así que, cuando cogió la temperatura óptima, nos dedicamos a hacer el trasvase de alimentos y aguardientes de un aparato al otro y el viejo lo dejamos desenchufado y abierto para que fuese derritiéndose el hielo –kilos y kilos de hielo-. Tras la tediosa tarea –qué hago con estas gambas, en este bote no sé lo que hay, dónde meto las barras de pan, cómo vamos a tirar estos filetes-, me senté en la mesa de la cocina a terminar hoy, júpiter, convencido de que la temperatura ambiente haría su trabajo y de que el agua iría cayendo en los cajones sin que aquello nos fuese a suponer más esfuerzo que el de vaciarlos en la pila del fregadero a la mañana siguiente.
La casa estaba en silencio. Mi casa está en una calle sin salida y apenas se escuchan pasar coches o motos, ni siquiera cuando las ventanas están abiertas. De modo que, ya digo, me senté a leer en la cocina, concentrado en la resolución de las tramas del libro, absorto en las vidas de tomás y dámaso. Según fue pasando el tiempo, comencé a escuchar las gotas de agua que caían en los cajones del congelador. Ya está haciendo su función el calor, pensé con satisfacción. Era, desde luego, un sonido agradable, de cueva con estalactitas, lo que, lejos de incomodarme, me hacía más agradable la lectura. Fue al llegar al final de la página cuatrocientos y terminar el libro cuando levanté la vista y reparé en que un pequeño reguero de agua se escapaba del congelador y discurría despacio por el suelo, formando, un par de metros después, un laguito transparente y, luego lo comprobé, casi helado.
¡Vaya inconveniente! Cómo irse tranquilo a la cama. Porque no bastaba con recoger el agua, poner unos papeles de periódico y marcharse a acostar. Era de suponer, viendo el volumen que aún quedaba por descongelar, que a lo largo de la noche el goteo fuese formando no ya un charquito, sino un lago con sus cisnes y con sus ranas y, vista la temperatura, algún pingüino común. ¿Pero no habíamos quedado en que la escarcha iría cayendo en los cajones? Es verdad que iba cayendo, sin embargo, por los laterales de las rejillas se resbalaba un hilo de líquido que sorteaba la entrada prometida e iba buscando la salida hasta una bandeja en el fondo del congelador que se llenaba y acababa por rebosar. Y ese maldito hilillo a simple vista parecía escuálido y sin importancia, pero a medida que pasaban los minutos era bastante para, así lo consideré a esas horas de la noche, terminar por ocasionar un problema de humedad en el piso de abajo.
Puse diez o doce periódicos e hice ademán de marcharme. Pero regresé. Puse otros tantos más. Cubrí todo el suelo con la prensa regional. Y a veces me paraba en alguna portada o en algún titular que se me escapó en su día y que en aquel momento llamaba mi atención. De nuevo marché. Otra vez regresé intranquilo. Cansado de vaciar con una bayeta la bandeja inferior, ideé un sistema rudimentario pero eficaz para acelerar y simplificar el drenaje: sumergí el extremo de una pajita, chupé hasta que el agua llegó a mi boca y luego la dejé caer en un barreño. Así se roba la gasolina, me dije. Más tarde estudié con esmero cómo obligar que el agua díscola rectificase su rumbo y cayese en los cajones. Comencé por utilizar un dedo para dibujar canales helados, cauces artificiales, nuevos rumbos de ríos árticos. Y el método funcionaba, al menos hasta que se desplomaba alguna parte fundamental, una avalancha imprevista, y de nuevo el agua hacía lo que le venía en gana y me fastidiaba la obra de ingeniería. Fui al cuarto de baño y me hice con el secador de pelo. Vengo armado, avisé al ponerme frente al electrodoméstico. Sólo triunfé a medias. Sí, la escarcha cedía ante el kalashnikov, pero, para mi asombro, también propiciaba un desorden incontrolable, tan pronto acertaba con la pieza elegida como las labores de fundido se volvían contra mí y caía al suelo más agua aún. Cada pocos minutos, volvía a tirarme en el suelo para volver con las tareas de robo de combustible, cada vez con más destreza, cada vez con mayor rapidez. No, no era buena idea usar el secador, mejor usar métodos manuales, pensar primero de qué partes deshacerse, dónde sería oportuno poner la palma de la mano, qué porciones de hielo ir eliminando con astucia, técnica y estrategia de ajedrecista: Sí, aquel pedazo primero. Logré hacerme con una buena batería de herramientas: un vaso de plástico, una cuchara de madera, un trapo de cocina, una olla en la que ir metiendo las piezas cazadas.
Poco a poco, el congelador fue quedándose vacío, limpio, cesando el golpeteo de las gotas. A las tres y media de la mañana la victoria fue mía y me fui a la cama. En algún momento, mientras subía las escaleras, reflexioné: hace muchos, muchos meses que no conseguía vaciar mi cabeza de problemas y trabajo y dudas y proyectos como lo acabo de hacer esta noche. No sé –o prefiero no hacer nada para saberlo- si esto es bueno o malo, aunque lo cierto es que disfruté como un niño y que sentí un fuerte arrepentimiento por tener, a partir de ahora, un congelador que no precisará ya nunca jamás en la vida tareas de deshielo y evacuación.
miércoles, agosto 29, 2007
Esto trata sobre zaida y la luna

Eco

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Foto de jerónimo álvarez
domingo, agosto 26, 2007
sábado, agosto 25, 2007
El secreto del mal (y II)
El tesoro que nos dejaron nuestros padres o aquellos que creímos nuestros padres putativos es lamentable. En realidad somos como niños atrapados en la mansión de un pedófilo. Alguno de ustedes dirá que es mejor estar a merced de un pedófilo que a merced de un asesino. Sí, es mejor. Pero nuestros pedófilos son también asesinos.
Y ahora digamos todos en alta voz: amén.
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Nota: el párrafo hay que interpretarlo dentro de una conferencia sobre la literatura latinoamericana, pero cabe, vaya que si cabe, extrapolación.
El secreto del mal (I)
miércoles, agosto 22, 2007
¿Bailas?
domingo, agosto 19, 2007
Dos tazas de albariño
Para alfredo, maría, yito y ana.
Mis amigos.
Sólo lo supongo, pero yo diría que este lugar fue antes cantina de marineros y ahora se ha reconvertido, cosa de los tiempos, en bar con terraza para turistas que desde sus mesas pueden comer navajas y pulpo y vigilar al tiempo a sus hijos mientras juegan en la playa con las olas y con la arena. Lo atienden tres mujeres. Tres mujeres jóvenes. Una de ellas tiene bozo y un rastro gris de barba en su mejilla derecha. Por lo demás, ya digo, en sus mesas se reparten familias a la hora de comer que piden raciones de pescado. Gente ruidosa en bañador y con gorras de nueva york cubriendo sus cabezas ociosas. No falta en ningún grupo alguien que hojea un periódico deportivo y que a cada poco comenta en alta voz algo sobre fichajes de entrenadores y delanteros. La camarera barbada va de mesa en mesa llevando víveres marinos, recogiendo vasos vacíos, descorchando botellas de ribeiro, concentrada en su ajetreo de camarera de temporada. Cuando puedas me cobras, se escucha repetidamente. También se escuchan politonos y tonos reales y conversaciones telefónicas al cincuenta por ciento. Tras dos días de lluvia y viento, ha salido una mañana espléndida de sol y calma, y los turistas se han echado a la calle ansiosos, con la intención firme de recuperar el tiempo que perdieron encerrados en habitaciones de hotel o, y esto es aún más cruel, en museos, iglesias y catedral con botafumeiro de pago. Es la una y media de la tarde, hace calor, pero es un calor del norte, llevadero, agradable, en el que es imposible echar en falta el aire acondicionado, aunque sí se agradece la sombra del toldo de la terraza. En busca de esa sombra se sienta un hombre mayor, más que mayor es ya viejo, grande, de una complexión que hace pensar que fue un tiarrón fuerte, muy fuerte. Estoy deseando escuchar su voz, porque sin proponérmelo me he imaginado una voz grave y poderosa, acorde con su cuello de busto de emperador romano. A diferencia de las manadas de turistas hambrientos, él no reclama a voces a la camarera, sólo levanta ligeramente un bastón de una madera oscura y barnizada. Como suele suceder, el grito gana a la educación y la joven barbada tarda más de lo debido en atender al hombre.
-Señorita, ¿sería posible que me trajese usted una taciña de albariño?
-Claro, dígame, ¿qué marca quiere: martín códax, condes de albarei?
-Ah, me da lo mismo, uno de la casa, el que usted prefiera, no soy demasiado exigente para estas cosas de los vinos –la voz es pausada, segura, poderosa, tranquila, una voz como la que yo quisiera tener cuando sea viejo y ya casi nada me importe algo-. Y, señorita, si no es mucha molestia, ¿podría usted traerme también una sardina para acompañar? He visto que las sirven ustedes y se me ha antojado.
-Mire, las sardinas las ponemos sólo en raciones de ocho o, si le parece mucho, puedo traerle media ración… cuatro sardinas. Ya ve que son pequeñas, eso se lo come usted de nada.
-No, sólo quiero una sardina, no cuatro. Es para que el vino no caiga en vacío, aún no comí nada esta mañana.
-Lo siento, una no ponemos –contesta la mujer un poco contrariada por haberse parado más de la cuenta en una sola mesa en la que servirá un solo vaso de albariño-.
-Entonces, déjelo, no se preocupe.
Ambos están sentados a la misma mesa, en una isla que emerge de un océano de calzonas y gorras, de raciones y revistas, de infantes, de madres nerviosas, de padres bebiendo cerveza, de la camarera que lleva su bozo de un sitio a otro y su libreta de un sitio a otro y su prisa de un sitio a otro. Por la puerta del bar sale el humo de las frituras y el vapor de las caldeiradas. Una botella de ribeiro y una de vieiras para la mesa ocho. Recorre el grito la terraza hasta que se mete, directo, por la puerta que da a la cocina.
No he dicho antes que el viejo grande tiene una perilla blanca, larga y deshilachada. Es importante saberlo, porque alterna el toqueteo del bastón oscuro y barnizado con la tarea de desenredarse los pelos. Como todo lo demás, esto lo hace de forma parsimoniosa y elegante. Mientras, el viejo raquítico –que, ahora que lo pienso, es una mezcla entre torrente ballester y bertrand russell- sigue callado con las piernas cruzadas. De pronto, muy despacio, vocalizando con destreza de doblador profesional, rompe su silencio.
-Hace treinta y cinco años que no voy a la playa –contesta el otro y da un sorbo al último resto de albariño que queda en la taza-
-Puede que yo haga más tiempo que no voy. Es un horror la playa.
-Un horror.
-La gente va a la playa y yo no sé para qué. A mí siempre me ha parecido horrenda la playa, te llenas los pies de arena y es tremendo hacerla desaparecer luego de entre los dedos, pasan los días y siguen apareciendo restos en los zapatos.
-Y el pelo. Terrible. Con el viento el pelo se llena por todos los lados y te levantas por la mañana y en la cama hay arena, entre las sábanas hay arena, en la almohada, junto a tus orejas, hay arena que cruje.
-Sin embargo, ahora la gente va a la playa con una alegría desmesurada, como si allí se escondiese, en algún lugar que yo no descubrí nunca, la felicidad. No lo entiendo.
-Y aún aquí es blanca… pero mire usted en canarias, negra como el carbón.
-Parecerá, entonces, que uno se ha revolcado en fango.
-Algo así.
-Es asombroso que la gente vaya tan a menudo a la playa.
-Gracias, hombre, no era necesario –contesta el viejo que debió de ser un tiarrón no hace muchos años-. Qué horror la playa, hace por lo menos treinta y cinco años que no voy.
-Tal vez yo haga más. Lo de la playa es algo que le doy mi palabra que no entiendo.jueves, agosto 09, 2007
La ciudad aparecida
Apareció una ciudad una mañana en medio de dos pueblos que no sumaban entre ambos mil quinientos habitantes. En realidad, afirmar que apareció una mañana probablemente no sea exacto, quién sabe si no surgió en algún momento de la noche, cuando todos dormían, cuando la carretera estaba desierta y no había ojos que mirasen hacia la extensión de tierra en la que se levantó de forma mágica e instantánea. Pero asumamos esto: apareció una ciudad que no existía el día anterior, que nunca estuvo allí hasta ese momento. Me refiero a una ciudad completa, habitada, con parques, farolas y perros, paseantes ociosos en chándal y trabajadores que caminaban apresurados por las calles, con polígonos industriales y piscina municipal, con colegios e institutos, con concurridos centros comerciales, con un hospital en el que, más tarde se supo, nacieron aquel día diez niños y en el que se certificaron otras tantas defunciones, dos de ellas por accidente de tráfico en una de sus avenidas.
miércoles, agosto 01, 2007
Universo fractal
martes, julio 31, 2007
El patinador
jueves, julio 12, 2007
miércoles, julio 11, 2007
Nexus 6
lunes, julio 09, 2007
El edificio
Desde que el hombre de la bata verde le ordenó que se sentara allí y esperase a que le llamaran ha pasado más de media hora. Está en un extremo de un pasillo muy largo, tan largo que las paredes, el techo y el suelo confluyen al fondo en un punto, en una mancha indefinida y gris. Pasa gente en las dos direcciones. Mucha gente. Algunos van en sillas de ruedas, empujados por personal trabajador del edificio. Fran es un hombre paciente, sabe esperar, se entretiene con facilidad. Le gusta observar y eso le confiere la capacidad de sentarse, mirar y dejar pasar el tiempo sin angustia. Una mujer joven llega acompañada por el mismo hombre que hace más de media hora le dijo que esperase allí. Fran se levanta y el hombre de la bata verde le dice que aún no ha llegado su turno, que tenga paciencia. ¿Todavía no?, contesta fran, y se deja caer de nuevo sobre el sofá. La chica se acomoda a su lado, sonríe y le da los buenos días. Él también dice buenos días y luego sigue mirando el ir y venir de la gente. Al poco llega el hombre de la bata verde con una silla de ruedas vacía y le invita a que se suba a ella. Yo no estoy enfermo, puedo andar perfectamente, le explica fran. Aquí nadie está enfermo, pero son normas del edificio, así que, por favor, súbase. Habría que revisar las normas del edificio, contesta fran. Lo haremos otro día, concluye bruscamente el hombre de la bata verde. Ahora fran es uno más en el tráfico del pasillo. Ahora, piensa fran, la mujer joven me estará observando alejarme como hace un momento observaba yo a los que pasaban.
Le han metido en una habitación azul, rectangular, sin ventanas. Hay una camilla y junto a ella una mesa más alta y más grande. Es tanto el silencio en la estancia que oye su propia respiración. De pronto una voz metálica ordena: por favor, sea tan amable de desnudarse en el vestidor y depositar toda su ropa en el cajón situado junto a la puerta; después túmbese boca arriba en la camilla hasta que le indiquemos que se dé la vuelta. Fran no es sólo un tipo paciente y observador, también es obediente, así que cumple las órdenes sin rechistar. Como quiere acabar cuanto antes, se quita la ropa deprisa y se echa mirando el techo. El techo también es azul. De nuevo la voz metálica irrumpe: por favor, no se mueva hasta que le digamos que se dé la vuelta; mantenga los ojos abiertos; puede pestañear. Suenan unos chasquidos muy rápidos: chac, chac, chac, chac. Por favor, dese la vuelta. Chac, chac, chac, chac. Por favor, diríjase al vestidor, póngase la ropa y espere a que un trabajador del edificio le recoja.
El hombre de la bata verde empuja de nuevo la silla de ruedas en la que va sentado fran, que esta vez no ha puesto peros a las normas del edificio. Recorren el pasillo en dirección contraria a la de hace unos minutos. Al pasar junto al sofá donde estuvo esperando, saluda con la mano a la mujer joven, que continúa allí aguardando turno. ¿Duele?, le pregunta ella. No, no duele nada, no te preocupes, contesta fran. La mujer joven le sonríe, auque fran no puede ver la sonrisa, porque el hombre de la bata verde avanza a tal velocidad que pierde su cara en un instante. Se detienen junto a un ascensor. El hombre de la bata verde le dice que ya se puede bajar, que vaya al piso quince, ventanilla trescientos cuarenta. Como él, más gente llega en silla de ruedas hasta allí y a todos les dan las mismas indicaciones: piso quince, ventanilla trescientos cuarenta. ¿Para qué servirán, se pregunta fran, las otras trescientas treinta y nueve ventanillas?
sábado, junio 30, 2007
Sedosa y colorida
lunes, junio 25, 2007
Allá vamos
miércoles, junio 20, 2007
Zaida
Me contengo. Nunca me ha gustado la costumbre que tienen algunos padres de hablar constantemente de sus hijos. Por eso me contengo, aunque lo cierto es que me cuesta, porque esos ojos de ahí arriba se llevan buena parte de mi tiempo. Ahora está en esa etapa en que te hace partirte de risa a cada poco. La foto es de hace un rato. Dios mío, cómo la quiero.martes, junio 19, 2007
Esto iba a tratar sobre bolaño
Mientras llueve sobre la extraña carretera
En donde te encuentras
Lluvia: sólo espero
Que desaparezca la angustia
Estoy poniéndolo todo de mi parte
PNC
jueves, junio 14, 2007
Él baila solo
Acabo de despertar de una siesta de más de dos horas. He tenido un sueño inquietante y agotador:
sábado, junio 09, 2007
Ferias



martes, junio 05, 2007
Luis rosales, el hombre mejillón

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Nota: en carrefour están junto a la pescadería, en los estantes de refrigerados.
jueves, mayo 31, 2007
Lo prometido





A mí lo que más me gusta del periodismo es el reportaje. El gran reportaje, extenso, cogiendo las cosas por sitios originales, con extensión suficiente para no quedarte en la corteza, para levantar las tapas de las cosas y meter la nariz y el ojo, sobre todo el ojo, dentro de ellas. Por eso disfruté tanto haciendo el especial de monfragüe. Creo que acertamos escogiendo una visión distinta del lugar, agarrando el asunto por su fauna humana y dejando de lado lo que ya se ha dicho de él tantas veces, como un sonsonete infinito. Fue una semana en la que me acordé mucho del tiempo que estuve trabajando por mi cuenta, decidiendo reportajes y haciéndolos después cómo me venía en gana. En algo miento, porque no hay día que no me acuerde de aquellos dos años en los que el sustento dependía de si al final me compraban o no las cosas. Sueño a veces con el frente polisario, con mohamed abdelaziz, con xavi manau y su trombón, con los gallegos recogiendo chapapote. Al despertarme suelo sentir tremendas ganas de hacer otra vez la maleta. Cada vez necesito más una buena descarga de adrenalina.
Cuelgo algunas fotos del especial. Todas tienen una historia detrás, pero a estas horas ya no tengo fuerzas para contarlas.
lunes, mayo 28, 2007
Los ciervos y frankfurt

Caminábamos por mitad de un monte de monfragüe. De vez en cuando el hombre se paraba, me solicitaba silencio con una mano y con la otra indicaba dónde había un ciervo o un buitre posado o un zorro agazapado. Me llegó a entusiasmar más la capacidad de aquel individuo para detectar fauna que la contemplación de la propia fauna. ¿Cómo era posible que los viera con tanta eficacia, con semejante rapidez de predador hambriento?, ¿qué clase de truco era aquél, si a mí me costaba verlos incluso después de que él insistiera en que mirase allí, allí al lado de aquella encina que es un poco más alta que las demás, justo delante de la peña redonda y oscura, a la izquierda de las retamas? No es por mi buena vista, dijo ante mi pasmo, es porque he pasado por este mismo lugar millones de veces desde que era un crío, y tengo grabado en la memoria este paisaje como si fuese una fotografía, de tal manera que cualquier cambio en la imagen me alerta, y esos cambios son, casi siempre, animales. La razón era, pues, que le chirriaba algo en la comparación de las dos imágenes: la interior de su memoria y la exterior que percibía en ese instante, e instintivamente saltaba la alarma de la no coincidencia, de la diferencia, y esa diferencia era la cabeza de un cervatillo, el lomo de una zorra, el hocico de un jabalí. Me pareció un razonamiento bello, sólido y aplicable a mi nevera, una teoría que iluminaba sin fisuras el motivo de que haya cosas en mi frigorífico que lleven años dentro de él y que ya no vea. Así es, con el tiempo han pasado a formar parte de la nevera en sí, como el bote de salchichas de frankfurt que vive al fondo de la balda de arriba. Mi vista ya no puede detectarlo por mucho que me empeñe en mirar y remirar en busca de lo que cenaré esta noche. Y puede que esto se lo tenga que contar algún día a un psicoanalista cuando, tras solicitarme que responda a sus palabras con lo primero que se me ocurra, diga él ciervo y responda yo frankfurt.
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Nota: acabo de darme cuenta de que hace tiempo hablé aquí de un reportaje que hice -que hicimos antonio armero y yo- sobre el parque nacional de monfragüe, y que entonces prometí subir al blog alguna foto. Se me había olvidado por completo, pero lo haré, tal vez mañana si tengo un poco de tiempo. Lamento el despiste.
Navalmoraldigital
jueves, mayo 24, 2007
martes, mayo 22, 2007
Sociedad anónima
-A ver -dijo dirigiéndose directamente a mí-, aquí hay algo que no entiendo, amigo.
-Dime.
-Cómo coño radio nacional va a ser sociedad anónima si es de todos los españoles.
-Tienes toda la razón.
-No, coño, claro, no puede ser anónima porque es de todos los españoles, uno por uno, y todos tenemos nombre: fulanito de tal, menganito de cual. Uno por uno. Que sea una sociedad anónima una por ahí que vete tú a saber de quien es... pero, coño, ¡radio nacional!
-Sí señor, tienes toda la razón -le dije sonriendo y sintiendo sinceramente tener que marcharme, porque era uno de esos tipos con los que me gusta pararme-.
-No, no me llames señor -dijo de pronto ofendido-. Yo no soy un señor, soy un caballero, que es diferente. Ah, y licenciado en periodismo.
Tuve que arrancar la moto y salir a toda prisa, a atender la urgencia, recomiéndome por dentro por no poder pararme a charlar un rato con aquel tipo de la mochila.




