ismael rozalén

miércoles, octubre 17, 2007

Adiós, amigos

Me despido. Otra despedida más. Y esta también es importante. La perra vida. No tengo tiempo para nada. Por las noches no duermo, me desmayo. Tal vez las cosas se enderecen y pueda retomar el blog. No sé, espero que sí, tal vez un año, tal vez seis meses, quizás ya quede esta entrada como la última flotando en el ciberespacio. Gracias a todos los que me habéis leído. Me sorprende la cantidad de gente que ha pasado por aquí cada día. Adiós, amigos.

sábado, octubre 13, 2007

Tengo un poco de frío

Llevo treinta y cinco minutos viendo cómo parpadea el cursor de word. Verlo, lo que es verlo, yo creo que unos cuatro o cinco, porque luego la pantalla se ha difuminado y me he adentrado en una especie de neblina, en un ensueño en el que mi cabeza ha ido de un sitio a otro, parándose donde le ha venido en gana: el ataque de ansiedad que sufrí en una pensión de mala muerte una noche y que me produjo una tiritona extraña que no calmaban las tres mantas que me puse encima; el desierto del sahara visto desde un avión camino a tindouf; la vez aquella que entré en directo en el programa la ventana de la cadena ser y todos los cortes estaban mal; una tarde de agosto que me perdí en mitad de un monte con el equipo de fotografía a la espalda y acabé deshidratado; la humedad de las lágrimas que me resbalaban por las mejillas mientras hacía fotos en un concierto de la vella dixieland en barcelona; el marinero que me hablaba de la cantidad de agua que tiene el mar; las callejuelas de la parte antigua de lyon en medio de la noche; las caminatas por andorra la vella buscando una f-100 al mejor precio. Y todo esto porque mañana es mi último día en el periódico y voy a dejar atrás una etapa para entrar en otra nueva. Da miedo. Y pena. Han sido muchos años. Tengo un poco de frío.

lunes, octubre 01, 2007

Orden

Mi mesa: el teclado en el que ahora escribo, el monitor con decenas de notas pegadas con cinta celo, un disco duro externo, papeles con cosas escritas –muchas tareas pendientes-, tarros de cds y dvds, un bote repleto de bolígrafos de los que no escriben ni una cuarta parte, tres pilas duracell que algún día abandoné ahí, el ratón, un timbre de esos de hotel que se utilizan para llamar al recepcionista o al botones ausente, los altavoces, bandejas con más papeles, el flexo, algunos libros apilados, la impresora, otro bote con más bolígrafos y lápices, bolsas con fotografías, un nebulicina adultos, cuadernos, el cargador de la batería de la cámara, facturas emitidas y facturas soportadas, una foto de nana y zaida, cinta celo para pegar las notas al monitor, un catálogo de cámaras, unas tijeras, tarjetas de visita, una regla, el atlas larousse de las estrellas, un destornillador, la fotocopia de mi dni, correo de bancos y cajas, una carta de la junta de extremadura, una caja de biodramina –que no sé qué coño hace ahí porque yo no me mareo nunca cuando viajo-… De vez en cuando una mano silenciosa pasa por encima de mi mesa y lo ordena todo, y luego yo no encuentro nada y tengo que llamar a nana para preguntarle desesperado dónde está aquella nota en la que había calculado el coste hora hombre y el coste hora máquina –la respuesta suele ser en su sitio-. Pudiera ocurrir que el orden que aplicamos a nuestra mesa corresponda de alguna manera al que tenemos en nuestra cabeza. De ser así –que va a ser que sí- he de pedir cita urgentemente con el especialista.

jueves, septiembre 27, 2007

Me lo han preparao (mi último libro)

¿No os dan como una especie de arcadas?

sábado, septiembre 22, 2007

Cretino dios

He estado en el infierno. Hace unos días. Un infierno con pasillos en los que retumban alaridos y a los que se accede tras abrir cerraduras. Pasillos llenos de puertas con unas ventanitas sin acristalar por las que aparecen de pronto cabezas gritando o manos o brazos enteros estirados como para coger algo y no soltarlo ya nunca.

-No haga usted aquí fotos, por favor.

-No se preocupe, le aseguro que no se me ocurriría.

En las paredes hay colgados dibujos, algunos con lentejuelas pegadas, otros son rayones de colores o líneas que asemejan animales o paisajes. Los cuidadores vigilan los pasillos, limpian las manos y las caras de los que deambulan de un sitio a otro caminando o en sillas de ruedas, de una puerta cerrada a otra puerta cerrada. La luz es de fluorescentes, blanca, sin apenas sombras.

-Le impresiona esto.

-Sí, mucho, muchísimo.

-Es normal, no se preocupe. Mucha gente empieza a trabajar aquí y aguanta dos días. Esto es duro.

-Imagino que uno se acostumbra a todo si no tiene más remedio.

-No, te acostumbras a soportarlo, a encararlo cada día.

Seguimos avanzando por uno de los pasillos. Mi acompañante saca una llave del bolsillo para abrir la siguiente puerta. Un hombre al ver el gesto del celador sale corriendo hacia nosotros. Tiene la cabeza muy grande, rapada, el cuerpo pura fibra, es un tipo fuerte y muy nervioso, de movimientos rápidos y contundentes.

-No, ya sabes que no puedes salir ahora. Venga, ya lo sabes, agustín, no te pongas pesado, no puedes salir.

Agustín busca el hueco abierto y empuja con ansiedad, intenta colarse a toda costa. Yo llevo la cámara colgada al hombro y la protejo con el brazo. Según lo hago, me avergüenzo de ello, pero no sé hasta dónde va a llegar agustín, aunque al final sólo llega hasta donde le dejan: hasta este lado de la puerta. Yo ya estoy en el otro, en la orilla de los vivos con la certidumbre de que o dios no existe o es un cretino.

jueves, septiembre 20, 2007

El ministerio y otros amigos



Hoy me ha tocado ministra de fomento. Ésta es la comitiva que arrastra para ver -éste el el verbo apropiado- las obras de la autovía a-66, autobuses incluidos.

Setenta

Setenta llamadas telefónicas hoy. Contadas. ¿Quién se extraña de que me despierte a veces por la noche creyendo que suena el móvil?

viernes, septiembre 14, 2007

Suma y sigue (ctrl+c, ctrl+v)

Estoy en racha, no hago más que encontrar frases cautivadoras. La última es de isabel coixet, musa del gafapastismo, que escribe todas las semanas en el suplemento dominical del grupo zeta, por lo que le pagarán una pasta. En el número de la semana pasada publica un texto titulado lo que sé del agua. En él dice: Hay un billón de personas en el mundo que no tiene agua potable con las suficientes garantías higiénicas(...) Se calcula que en 2025 esta cifra pueda llegar a los cinco billones. Hay que ser burra, pero burra. Con las prisas, no cayó la mujer en que un billón americano -de donde procederá el estudio, aunque lo calla- son mil millones, no un millón de millones. Para colmo, el artículo comienza así: No es mucho lo que sé del agua, pero lo poco que sé me pone furiosa. No me extraña, a mí también. Y ahora, visto el panorama -otro pasito más hacia la misantropía-, voy a disfrazarme de marisol y a cantar delante del espejo la vida es una tómbola, tom, tom, tómbola, a ver si así logro relajarme.

jueves, septiembre 13, 2007

Sugerencia de presentación



Me vengo fijando últimamente en que todos los envases de alimentos complementan la fotografía de rigor con la frase sugerencia de presentación. Supongo que es la trampa que ha encontrado esta industria para saltarse alguna normativa absurda que controle el que lo que se muestra en el continente corresponde al contenido. Si se ponen esas tres palabras, ya vale todo, la administración se relaja y aquí todos contentos. ¡Viva españa! -perdón, viva la península exceptuando portugal y sumándole las islas y las ciudades autónomas-. El caso que ilustra esta entrada es esperpéntico, pero no único. Los hay peores, éste es el que tenía a mano. Así que, estos amigos te sugieren que cojas una fuente, eches un poco de zumo y luego lo cubras todo de naranjas clementinas hasta que el líquido quede completamente oculto. Lo voy a hacer, queda precioso. Por cierto, aunque sobre decirlo, la flecha que apunta hacia la frase la he puesto yo.

miércoles, septiembre 12, 2007

Ikea peninsular

Los que te dan la bienvenida a la república independiente de tu casa se despachan en su catálogo con este eufemismo: precios válidos en la península excepto portugal hasta agosto 2008. ¿Tendrá esto algo que ver con tener tiendas abiertas en barcelona y barakaldo? Cuánta sutileza.

martes, septiembre 11, 2007

¡Agua va!

Barrunto las tormentas. Llevo todo el día sintiendo una electricidad que me recorre el cuerpo, un malestar de alta tensión, una intranquilidad y un nosequé ansioso. Además el día ha sido -está siendo- extraño, de rumbos que rectifican de pronto llamadas telefónicas, soluciones que han de tomarse en un segundo, citas que se cancelan según llego a los sitios fijados para las reuniones. Pero lo mejor acaba de pasarme hace un rato: al bajar del coche me ha caído encima una lengua de agua, no de lluvia, sino de una albóndiga común que estaba fregando el alféizar de una ventana y a la que no se le ha ocurrido otra cosa que tirar el líquido sucio a la calle, al modo de siglos pasados, sin anunciar, para colmo, ¡agua va!. A mis voces ha respondido: pues llevo aquí cinco meses y es la primera vez que me pasa. He arremetido contra ella a gritos. Luego, ya en casa, he lamentado haberme puesto como un energúmeno, pero es que el numerito ha sido como para un programa de vídeos caseros. Acabo de salir de la bañera, me metí en ella con un doble objetivo: limpiarme y tranquilizarme. Ambas cosas he conseguido. De momento, porque otra vez me echo a la calle. Y ya llueve.

lunes, septiembre 10, 2007

Las praderas

Dice la reportera al pie de la noticia: y estos osos panda tendrán a su disposición unas praderas de cuatrocientos metros cuadrados. Ni heidi, pensé yo.

martes, septiembre 04, 2007

Hoy, escarcha

Ayer por la tarde llegó el congelador nuevo. Es uno de ésos que no hacen escarcha, lo llaman no frost. Así que, cuando cogió la temperatura óptima, nos dedicamos a hacer el trasvase de alimentos y aguardientes de un aparato al otro y el viejo lo dejamos desenchufado y abierto para que fuese derritiéndose el hielo –kilos y kilos de hielo-. Tras la tediosa tarea –qué hago con estas gambas, en este bote no sé lo que hay, dónde meto las barras de pan, cómo vamos a tirar estos filetes-, me senté en la mesa de la cocina a terminar hoy, júpiter, convencido de que la temperatura ambiente haría su trabajo y de que el agua iría cayendo en los cajones sin que aquello nos fuese a suponer más esfuerzo que el de vaciarlos en la pila del fregadero a la mañana siguiente.
La casa estaba en silencio. Mi casa está en una calle sin salida y apenas se escuchan pasar coches o motos, ni siquiera cuando las ventanas están abiertas. De modo que, ya digo, me senté a leer en la cocina, concentrado en la resolución de las tramas del libro, absorto en las vidas de tomás y dámaso. Según fue pasando el tiempo, comencé a escuchar las gotas de agua que caían en los cajones del congelador. Ya está haciendo su función el calor, pensé con satisfacción. Era, desde luego, un sonido agradable, de cueva con estalactitas, lo que, lejos de incomodarme, me hacía más agradable la lectura. Fue al llegar al final de la página cuatrocientos y terminar el libro cuando levanté la vista y reparé en que un pequeño reguero de agua se escapaba del congelador y discurría despacio por el suelo, formando, un par de metros después, un laguito transparente y, luego lo comprobé, casi helado.
¡Vaya inconveniente! Cómo irse tranquilo a la cama. Porque no bastaba con recoger el agua, poner unos papeles de periódico y marcharse a acostar. Era de suponer, viendo el volumen que aún quedaba por descongelar, que a lo largo de la noche el goteo fuese formando no ya un charquito, sino un lago con sus cisnes y con sus ranas y, vista la temperatura, algún pingüino común. ¿Pero no habíamos quedado en que la escarcha iría cayendo en los cajones? Es verdad que iba cayendo, sin embargo, por los laterales de las rejillas se resbalaba un hilo de líquido que sorteaba la entrada prometida e iba buscando la salida hasta una bandeja en el fondo del congelador que se llenaba y acababa por rebosar. Y ese maldito hilillo a simple vista parecía escuálido y sin importancia, pero a medida que pasaban los minutos era bastante para, así lo consideré a esas horas de la noche, terminar por ocasionar un problema de humedad en el piso de abajo.
Puse diez o doce periódicos e hice ademán de marcharme. Pero regresé. Puse otros tantos más. Cubrí todo el suelo con la prensa regional. Y a veces me paraba en alguna portada o en algún titular que se me escapó en su día y que en aquel momento llamaba mi atención. De nuevo marché. Otra vez regresé intranquilo. Cansado de vaciar con una bayeta la bandeja inferior, ideé un sistema rudimentario pero eficaz para acelerar y simplificar el drenaje: sumergí el extremo de una pajita, chupé hasta que el agua llegó a mi boca y luego la dejé caer en un barreño. Así se roba la gasolina, me dije. Más tarde estudié con esmero cómo obligar que el agua díscola rectificase su rumbo y cayese en los cajones. Comencé por utilizar un dedo para dibujar canales helados, cauces artificiales, nuevos rumbos de ríos árticos. Y el método funcionaba, al menos hasta que se desplomaba alguna parte fundamental, una avalancha imprevista, y de nuevo el agua hacía lo que le venía en gana y me fastidiaba la obra de ingeniería. Fui al cuarto de baño y me hice con el secador de pelo. Vengo armado, avisé al ponerme frente al electrodoméstico. Sólo triunfé a medias. Sí, la escarcha cedía ante el kalashnikov, pero, para mi asombro, también propiciaba un desorden incontrolable, tan pronto acertaba con la pieza elegida como las labores de fundido se volvían contra mí y caía al suelo más agua aún. Cada pocos minutos, volvía a tirarme en el suelo para volver con las tareas de robo de combustible, cada vez con más destreza, cada vez con mayor rapidez. No, no era buena idea usar el secador, mejor usar métodos manuales, pensar primero de qué partes deshacerse, dónde sería oportuno poner la palma de la mano, qué porciones de hielo ir eliminando con astucia, técnica y estrategia de ajedrecista: Sí, aquel pedazo primero. Logré hacerme con una buena batería de herramientas: un vaso de plástico, una cuchara de madera, un trapo de cocina, una olla en la que ir metiendo las piezas cazadas.
Poco a poco, el congelador fue quedándose vacío, limpio, cesando el golpeteo de las gotas. A las tres y media de la mañana la victoria fue mía y me fui a la cama. En algún momento, mientras subía las escaleras, reflexioné: hace muchos, muchos meses que no conseguía vaciar mi cabeza de problemas y trabajo y dudas y proyectos como lo acabo de hacer esta noche. No sé –o prefiero no hacer nada para saberlo- si esto es bueno o malo, aunque lo cierto es que disfruté como un niño y que sentí un fuerte arrepentimiento por tener, a partir de ahora, un congelador que no precisará ya nunca jamás en la vida tareas de deshielo y evacuación.

miércoles, agosto 29, 2007

Esto trata sobre zaida y la luna


Esta vez no soy capaz de contenerme. Lo lamento, pero tengo que contarlo. Mi pequeñita zaida está obsesionada con la luna. Por la noche salimos a la terraza para verla. La llama a voces, le tira besos e intenta tocarla a toda costa, queriendo, incluso, escaparse de mis brazos, pensando que así llegará a rozarla con las yemas de sus dedos. Las noches de luna nueva se va a la cama triste y en la habitación la sigue llamando, con una cadencia y una pena que me hace sentirme impotente por no poder yo hacer nada para darle a mi niña lo que ella con tanta, tanta fuerza desea. Estos días de luna inmesa se queda extasiada y abre mucho la boca y dice hala, hala, luna, ven, ven, haaaala. El caso es que hoy ha cogido un boli y un papel, ha hecho este círculo, se ha quedado mirándolo, ha dicho luna, luna, y ha sonreído. Y yo, como un imbécil, le he dicho cuando ha clavado sus ojos en los míos: nada, cariño, que a papá le pican los ojos mucho últimamente.

Eco


Creo que ya se sabe aquí de mi afición por el jazz. El noventa por ciento de la música que escucho es jazz, el cincuenta por ciento de ese noventa por ciento es jazz vocal, el noventa por ciento de este cincuenta por ciento lo cantan mujeres -ella fitzgerald, billie holiday, nina simone, rachelle ferrell, la contemporánea madeleine peyroux, que me tiene encandilado...-. Pero no estoy cerrado a otras músicas. Desde hace semanas escucho una y otra vez un disco que tenía perdido por ahí: eco, de jorge drexler. Cuánta sensibilidad bien entendida: letras elegantes, sin caer nunca en la sensiblería -y cómo agradezco esto-, música espléndida. Este uruguayo es muy bueno. Da gusto tenerlo de fondo, sentado por la tarde en la terraza, mientras veo pasar sobre mi cabeza las bandadas de estorninos que vuelven a las ramas de sus árboles.
__________
Foto de jerónimo álvarez

domingo, agosto 26, 2007

Carrilleras de cerdo estofadas


Me gusta mucho esta carne, con textura a medio camino entre el magro y la lengua. Las estofo abusando un poco del pedro ximénez, le va muy bien el toque dulce de este vino.

sábado, agosto 25, 2007

El secreto del mal (y II)

Ya que me pongo, voy a aprovechar para soltar aquí una frase de el secreto del mal:

El tesoro que nos dejaron nuestros padres o aquellos que creímos nuestros padres putativos es lamentable. En realidad somos como niños atrapados en la mansión de un pedófilo. Alguno de ustedes dirá que es mejor estar a merced de un pedófilo que a merced de un asesino. Sí, es mejor. Pero nuestros pedófilos son también asesinos.

Y ahora digamos todos en alta voz: amén.
______________

Nota: el párrafo hay que interpretarlo dentro de una conferencia sobre la literatura latinoamericana, pero cabe, vaya que si cabe, extrapolación.

El secreto del mal (I)

Bolaño, bolaño, bolaño. Sigo con roberto bolaño. Este hombre tiene algo que me llega de manera contundente y especial. Tiene, por ejemplo, una valentía al escribir que me entusiasma, una fuerza que no se aprende con la práctica ni con la lectura ni con la vida ni con nada y que, en mi opinión, es lo que diferencia a un escritor de un redactor con más o menos sensibilidad. Me da lástima que muriese con cincuenta años. Perra vida, con cincuenta años. Hace un rato he terminado el secreto del mal, una serie de textos encontrados en su ordenador y reunidos póstumamente por anagrama. Hay que vender, y yo, en este caso, lo agradezco. "Reúne este volumen un puñado de cuentos y de esbozos narrativos espigados entre los numerosos archivos de texto -más de medio centenar- que se encontraron en el ordenador de Roberto Bolaño tras su muerte", dice ignacio echevarría en la nota preliminar. Destaco uno que se titula playa y que es un buen ejemplo de esa fuerza a la que me refería antes. En fin, yo iba a contar otra cosa. Iba a contar que tras cerrar el libro he mirado y remirado durante un rato la ilustración de su portada. Aparece en ella un hombre con un puro en las últimas en su mano derecha y una copa de champán en la izquierda. Tiene cala de malo, pero no de malo de película, sino de malo cabrón, de ser retorcido, frío, vengativo, maquinador, vicioso. Qué bien elegida está la portada, si esa persona existió, he pensado, el modelo debía de ser alguien al que el autor aborreciese sinceramente. Después, he buscado el autor y el nombre de la ilustración: max beckmann, autorretrato con copa de champagne.

miércoles, agosto 22, 2007

¿Bailas?

Ante las invitaciones que he tenido a lo largo de mi vida para salir a bailar a la pista, siempre he respondido lo mismo con completa seriedad: no puedo por razones genéticas, tengo un gen que me lo impide, me acalambra. Lo más parecido que hago es mover las piernas y tímidamente los brazos en algún concierto de jazz. Sentado, se sobrentiende. Pero, por lo demás, insisto, estoy genéticamente impedido por completo para ejercer de bailarín. Sin embargo, y ahora viene lo asombroso, cuando zaida me levanta los brazos y me dice bailá, bailá, el bobo de su padre la coge y se menea con una soltura que ya la hubiera querido para sus años mozos. Esta mañana hemos danzado ocho canciones girando y girando por toda la casa. Al pasar por delante de los espejos, veía su cara reflejada, apoyada en mi hombro, sonriendo. Es la única mujer que me ha sacado a la pista. Ni su madre ha sido capaz. Otro misterio de la vida.

domingo, agosto 19, 2007

Dos tazas de albariño

Para alfredo, maría, yito y ana.

Mis amigos.


Sólo lo supongo, pero yo diría que este lugar fue antes cantina de marineros y ahora se ha reconvertido, cosa de los tiempos, en bar con terraza para turistas que desde sus mesas pueden comer navajas y pulpo y vigilar al tiempo a sus hijos mientras juegan en la playa con las olas y con la arena. Lo atienden tres mujeres. Tres mujeres jóvenes. Una de ellas tiene bozo y un rastro gris de barba en su mejilla derecha. Por lo demás, ya digo, en sus mesas se reparten familias a la hora de comer que piden raciones de pescado. Gente ruidosa en bañador y con gorras de nueva york cubriendo sus cabezas ociosas. No falta en ningún grupo alguien que hojea un periódico deportivo y que a cada poco comenta en alta voz algo sobre fichajes de entrenadores y delanteros. La camarera barbada va de mesa en mesa llevando víveres marinos, recogiendo vasos vacíos, descorchando botellas de ribeiro, concentrada en su ajetreo de camarera de temporada. Cuando puedas me cobras, se escucha repetidamente. También se escuchan politonos y tonos reales y conversaciones telefónicas al cincuenta por ciento. Tras dos días de lluvia y viento, ha salido una mañana espléndida de sol y calma, y los turistas se han echado a la calle ansiosos, con la intención firme de recuperar el tiempo que perdieron encerrados en habitaciones de hotel o, y esto es aún más cruel, en museos, iglesias y catedral con botafumeiro de pago. Es la una y media de la tarde, hace calor, pero es un calor del norte, llevadero, agradable, en el que es imposible echar en falta el aire acondicionado, aunque sí se agradece la sombra del toldo de la terraza. En busca de esa sombra se sienta un hombre mayor, más que mayor es ya viejo, grande, de una complexión que hace pensar que fue un tiarrón fuerte, muy fuerte. Estoy deseando escuchar su voz, porque sin proponérmelo me he imaginado una voz grave y poderosa, acorde con su cuello de busto de emperador romano. A diferencia de las manadas de turistas hambrientos, él no reclama a voces a la camarera, sólo levanta ligeramente un bastón de una madera oscura y barnizada. Como suele suceder, el grito gana a la educación y la joven barbada tarda más de lo debido en atender al hombre.

-Dígame, ¿qué desea?

-Señorita, ¿sería posible que me trajese usted una taciña de albariño?

-Claro, dígame, ¿qué marca quiere: martín códax, condes de albarei?

-Ah, me da lo mismo, uno de la casa, el que usted prefiera, no soy demasiado exigente para estas cosas de los vinos –la voz es pausada, segura, poderosa, tranquila, una voz como la que yo quisiera tener cuando sea viejo y ya casi nada me importe algo-. Y, señorita, si no es mucha molestia, ¿podría usted traerme también una sardina para acompañar? He visto que las sirven ustedes y se me ha antojado.

-Mire, las sardinas las ponemos sólo en raciones de ocho o, si le parece mucho, puedo traerle media ración… cuatro sardinas. Ya ve que son pequeñas, eso se lo come usted de nada.

-No, sólo quiero una sardina, no cuatro. Es para que el vino no caiga en vacío, aún no comí nada esta mañana.

-Lo siento, una no ponemos –contesta la mujer un poco contrariada por haberse parado más de la cuenta en una sola mesa en la que servirá un solo vaso de albariño-.

-Entonces, déjelo, no se preocupe.


El viejo queda de nuevo solo, un tanto perplejo, jugueteando con el bastón de madera oscura y barnizada. Llega la taciña de albariño y llega además un viejo enjuto, pequeñito, con el pelo muy blanco y muy revuelto, también con un bastón con el que se ayuda en la tarea de sortear a los niños que corren de un sitio a otro de la terraza, los niños que hace poco han subido hasta aquí desde la playa al escuchar sus nombres vociferados por sus padres. Físicamente es la antítesis del otro, no ya sólo por su estatura y su cuerpo raquítico, sino, además, porque da la impresión de ser una persona muy débil, enfermiza o, mejor, de ser una de esas personas de las que se dice que tienen una mala salud de hierro. Al sentarse, cruza las piernas e inclina el tronco hacia delante y surge entonces la constatación de que, además de huesos, tiene piel y poco más.
Ambos están sentados a la misma mesa, en una isla que emerge de un océano de calzonas y gorras, de raciones y revistas, de infantes, de madres nerviosas, de padres bebiendo cerveza, de la camarera que lleva su bozo de un sitio a otro y su libreta de un sitio a otro y su prisa de un sitio a otro. Por la puerta del bar sale el humo de las frituras y el vapor de las caldeiradas. Una botella de ribeiro y una de vieiras para la mesa ocho. Recorre el grito la terraza hasta que se mete, directo, por la puerta que da a la cocina.
No he dicho antes que el viejo grande tiene una perilla blanca, larga y deshilachada. Es importante saberlo, porque alterna el toqueteo del bastón oscuro y barnizado con la tarea de desenredarse los pelos. Como todo lo demás, esto lo hace de forma parsimoniosa y elegante. Mientras, el viejo raquítico –que, ahora que lo pienso, es una mezcla entre torrente ballester y bertrand russell- sigue callado con las piernas cruzadas. De pronto, muy despacio, vocalizando con destreza de doblador profesional, rompe su silencio.

-Las familias numerosas bajan a la playa con la esperanza de que sus hijos más feos se ahoguen para siempre.

-Hace treinta y cinco años que no voy a la playa –contesta el otro y da un sorbo al último resto de albariño que queda en la taza-

-Puede que yo haga más tiempo que no voy. Es un horror la playa.

-Un horror.

-La gente va a la playa y yo no sé para qué. A mí siempre me ha parecido horrenda la playa, te llenas los pies de arena y es tremendo hacerla desaparecer luego de entre los dedos, pasan los días y siguen apareciendo restos en los zapatos.

-Y el pelo. Terrible. Con el viento el pelo se llena por todos los lados y te levantas por la mañana y en la cama hay arena, entre las sábanas hay arena, en la almohada, junto a tus orejas, hay arena que cruje.

-Sin embargo, ahora la gente va a la playa con una alegría desmesurada, como si allí se escondiese, en algún lugar que yo no descubrí nunca, la felicidad. No lo entiendo.

-Y aún aquí es blanca… pero mire usted en canarias, negra como el carbón.

-Parecerá, entonces, que uno se ha revolcado en fango.

-Algo así.

-Es asombroso que la gente vaya tan a menudo a la playa.

Hay familias esperando a que se vacíe alguna mesa para sentarse y comer. La camarera barbada se inquieta: a saber cuántas raciones de ocho sardinas está perdiendo, así que, como medida de presión, se acerca hasta la mesa y deja la nota en la que se da cuenta del coste de las dos taciñas de vino. El viejo grande pone unas monedas sobre la factura y el otro se dirige a la mujer, que espera.

-Mira, ya que pagó el señor esta ronda, tráenos otra y me dices cuánto es, que ésa la pago yo.

-Gracias, hombre, no era necesario –contesta el viejo que debió de ser un tiarrón no hace muchos años-. Qué horror la playa, hace por lo menos treinta y cinco años que no voy.

-Tal vez yo haga más. Lo de la playa es algo que le doy mi palabra que no entiendo.

jueves, agosto 09, 2007

La ciudad aparecida

Apareció una ciudad una mañana en medio de dos pueblos que no sumaban entre ambos mil quinientos habitantes. En realidad, afirmar que apareció una mañana probablemente no sea exacto, quién sabe si no surgió en algún momento de la noche, cuando todos dormían, cuando la carretera estaba desierta y no había ojos que mirasen hacia la extensión de tierra en la que se levantó de forma mágica e instantánea. Pero asumamos esto: apareció una ciudad que no existía el día anterior, que nunca estuvo allí hasta ese momento. Me refiero a una ciudad completa, habitada, con parques, farolas y perros, paseantes ociosos en chándal y trabajadores que caminaban apresurados por las calles, con polígonos industriales y piscina municipal, con colegios e institutos, con concurridos centros comerciales, con un hospital en el que, más tarde se supo, nacieron aquel día diez niños y en el que se certificaron otras tantas defunciones, dos de ellas por accidente de tráfico en una de sus avenidas.

miércoles, agosto 01, 2007

Universo fractal

Si el último fotograma tuviera el tamaño de la pantalla de tu ordenador, el tamaño del conjunto original al principio de la secuencia sería más grande que todo el universo conocido. Me quedo embobado mirándolo.

martes, julio 31, 2007

El patinador

Va todo bien: albañiles, electricistas, pladur, insonorización, proyectos, papeles, máquinas. Pero va todo bien, todo se desliza con rapidez y constancia, como un patinador sobre una pista de hielo amplia y sin obstáculos. Por las noches, cuando me siento en la terraza rodeado de mis plantas, pienso: qué extraño, sé que algo va a fallar, y cuanto más tiempo pasa sin contratiempos más incrementan las posibilidades de que llegue el desastre. Luego me recrimino el pesimismo y riego los limoneros y los jazmines y los kiwis y la azalea y la gardenia y la hierbabuena y los geránios. Y después me riego yo, como sin con ello espantase el mal agüero de mi piel y de mi casa. Todo sea por la ilusión -no sé en qué acepción- de sacar adelante este proyecto: una imprenta y un estudio de fotografía. Sí, ya lo digo, vete de aquí, secreto: gráficas rozalén. Perdonadme lo poco que me prodigo últimamente por aquí, pero no doy para más.

jueves, julio 12, 2007

El jardín decano


Vete a la plaza francisco de malpartida, me mandan esta mañana, y le haces unas fotos a unos carteles que han colocado los vecinos reclamando riego para el jardín. Me encuentro con esta imagen al llegar. Parece ser que lo que quiere decir es: "este jardín no se riega, es de secano".

miércoles, julio 11, 2007

Nexus 6

Tengo que describir el lugar para que se entienda esto debidamente. Estamos entrando en la isla, que es un parque de plasencia, un territorio rodeado por uno de sus flancos por el río jerte y por el otro por un canal en el que la gente se baña y pasa la tarde tuperware en mano. Es de balde. Yo jamás me bañaría allí, pero muchas personas sí lo hacen. Cada cual con su sistema inmunológico hace lo que le viene en gana. En fin, que estamos entrando zaida, mi mujer y yo en la isla. Son las ocho de la tarde, más o menos. Hace calor. Bastante calor. Los bañistas atrevidos llenan el césped y el agua con sus cuerpos semidesnudos. Las tortillas pasan de mano en mano. La tarde es un frenesí veraniego. Cuando estamos cruzando el puente de entrada diviso un replicante, un humanoide quinceañero de 120 kilos, con mechas amarillas y negras que, al igual que nosotros, cruza en canal. Mira, le digo a nana, un nexus 6. Tengo que hacer otra descripción, esta vez de la criatura: va embutido en un traje de motero de invierno, abrochado hasta la barbilla, con botas reglamentarias y con un casco con una pegatina de no fear en todo lo alto. Si yo estuviese vestido así en ese momento, me juego la mano derecha a que no aguanto veinte metros andando antes de desmayarme. En voz baja le ruego a dios que el muchacho lleve el mismo rumbo que nosotros. Lo lleva, lo lleva. Al adentrarnos en la zona bikini su presencia causa furor. El replicante camina en busca de alguien que no encuentra. Mira con afán hacia todos los lados. Saca el móvil después de buscarse en más de cinco bolsillos de los cincuenta y cuatro de los que está provista la cazadora motero-invernal. Oigo que dice: pues paquí buscándote, ¿no iru? Alguien le ha debido informar del rumbo que tiene que coger, porque su paso es ahora decidido –dentro de lo que su vestimenta le permite- y ya no mira hacia todos los sitios, sino hacia un lugar definido. Yo –y conmigo mis dos mujeres- acelero también el paso. Nexus 6 va enfilado hacia un pequeño grupo compuesto por un hombre, una mujer y una muchachilla que andará, como él, por los quince. La chica palidece al verlo y le reprocha: ¿pero qué haces vestido así, juan josé?, él responde: toma, pues que he venido a buscarte con la moto, ¿no? Ella mira al hombre y a la mujer –su padre y su madre, supongo- que están sentados sobre una toalla, con un helado de cucurucho en la mano, mirando a nexus sin decir palabra, congelados por la impresión. La muchacha se levanta, coge una bolsa, y se marcha con él. El padre hace ademán de levantarse, pero la madre le retiene discretamente. Hay que joderse, se lamenta, y le da un lenguetazo a la bola de vainilla y chocolate.

lunes, julio 09, 2007

El edificio

Desde que el hombre de la bata verde le ordenó que se sentara allí y esperase a que le llamaran ha pasado más de media hora. Está en un extremo de un pasillo muy largo, tan largo que las paredes, el techo y el suelo confluyen al fondo en un punto, en una mancha indefinida y gris. Pasa gente en las dos direcciones. Mucha gente. Algunos van en sillas de ruedas, empujados por personal trabajador del edificio. Fran es un hombre paciente, sabe esperar, se entretiene con facilidad. Le gusta observar y eso le confiere la capacidad de sentarse, mirar y dejar pasar el tiempo sin angustia. Una mujer joven llega acompañada por el mismo hombre que hace más de media hora le dijo que esperase allí. Fran se levanta y el hombre de la bata verde le dice que aún no ha llegado su turno, que tenga paciencia. ¿Todavía no?, contesta fran, y se deja caer de nuevo sobre el sofá. La chica se acomoda a su lado, sonríe y le da los buenos días. Él también dice buenos días y luego sigue mirando el ir y venir de la gente. Al poco llega el hombre de la bata verde con una silla de ruedas vacía y le invita a que se suba a ella. Yo no estoy enfermo, puedo andar perfectamente, le explica fran. Aquí nadie está enfermo, pero son normas del edificio, así que, por favor, súbase. Habría que revisar las normas del edificio, contesta fran. Lo haremos otro día, concluye bruscamente el hombre de la bata verde. Ahora fran es uno más en el tráfico del pasillo. Ahora, piensa fran, la mujer joven me estará observando alejarme como hace un momento observaba yo a los que pasaban.

Le han metido en una habitación azul, rectangular, sin ventanas. Hay una camilla y junto a ella una mesa más alta y más grande. Es tanto el silencio en la estancia que oye su propia respiración. De pronto una voz metálica ordena: por favor, sea tan amable de desnudarse en el vestidor y depositar toda su ropa en el cajón situado junto a la puerta; después túmbese boca arriba en la camilla hasta que le indiquemos que se dé la vuelta. Fran no es sólo un tipo paciente y observador, también es obediente, así que cumple las órdenes sin rechistar. Como quiere acabar cuanto antes, se quita la ropa deprisa y se echa mirando el techo. El techo también es azul. De nuevo la voz metálica irrumpe: por favor, no se mueva hasta que le digamos que se dé la vuelta; mantenga los ojos abiertos; puede pestañear. Suenan unos chasquidos muy rápidos: chac, chac, chac, chac. Por favor, dese la vuelta. Chac, chac, chac, chac. Por favor, diríjase al vestidor, póngase la ropa y espere a que un trabajador del edificio le recoja.

El hombre de la bata verde empuja de nuevo la silla de ruedas en la que va sentado fran, que esta vez no ha puesto peros a las normas del edificio. Recorren el pasillo en dirección contraria a la de hace unos minutos. Al pasar junto al sofá donde estuvo esperando, saluda con la mano a la mujer joven, que continúa allí aguardando turno. ¿Duele?, le pregunta ella. No, no duele nada, no te preocupes, contesta fran. La mujer joven le sonríe, auque fran no puede ver la sonrisa, porque el hombre de la bata verde avanza a tal velocidad que pierde su cara en un instante. Se detienen junto a un ascensor. El hombre de la bata verde le dice que ya se puede bajar, que vaya al piso quince, ventanilla trescientos cuarenta. Como él, más gente llega en silla de ruedas hasta allí y a todos les dan las mismas indicaciones: piso quince, ventanilla trescientos cuarenta. ¿Para qué servirán, se pregunta fran, las otras trescientas treinta y nueve ventanillas?

Ese piso, el piso quince, es distinto al lugar de donde viene fran. No hay pasillos, sólo una enorme estancia cuadrada, una habitación del tamaño de un campo de fútbol, de una plaza grande, de una inmensa estación de tren. Centenares de personas caminan como si estuviesen buscando algo con desesperación. Otros hacen largas colas, excepto en la ventanilla trescientos cuarenta, que está vacía. También él acelera el paso, porque cae en la cuenta de que todos los que vienen detrás de él van al mismo lugar, y no es cuestión de perder el turno, ahora que se da cuenta de que puede resolver el asunto en un momento. Al acercarse a ella lee el letrero: compulsas corpóreas. Sí, ahí es, sin duda. La trabajadora del edificio que le atiende le pregunta: ¿compulsa corpórea? Sí, contesta. ¿Nombre? Francisco josé correjo díaz. Muy bien, señor correjo, aquí tiene su reproducción corpórea fotográfica compulsada, me tiene que firmar aquí y aquí y marcar la casilla correspondiente a su solicitud. Es para una subvención por creación de empresa, señorita. Pues entonces marque la casilla de subvención por creación de empresa, no es tan difícil. Ya, gracias, no la había visto. Bien, está todo, si tiene ya el resto de la documentación, puede entregarla en la ventanilla doscientos veinte junto con la compulsa corpórea fotográfica que acredita que usted mismo es usted mismo y no otra cualquier persona. Ya, gracias, señorita, que tenga un buen día. Y usted que lo vea… siguiente.

sábado, junio 30, 2007

Sedosa y colorida

En el banco hay dos largas colas, una por cada cajero que atiende al público. Están tan desordenadas que cuando entra alguien lo primero que hace es pedir la vez. En una de ellas espera turno un muchacho joven, puede que dieciséis o diecisiete años. Su aspecto es del montón, de no ser porque a sus zapatos normales, a sus vaqueros normales, a su pelo normal y a su cara normal les acompaña una camiseta de textura sedosa teñida con todos los colores del arco iris. Es, sin duda, la bandera gay. La gente le mira. Algunos sin disimulo alguno. De arriba abajo. El muchacho lleva bajo el brazo una carpeta de cuero, seguramente con papeles del trabajo. Sí, es posible que le tengan en alguna empresa para hacer recados del tipo lleva estos papeles al banco. Me cuadra. Como la espera es larga, poco a poco empieza a darse cuenta de las miradas de los que le rodean. Al principio disimula mirando alternativamente al suelo y al techo, luego abre la cartera, saca unos folios, los mira, los vuelve a meter, los saca otra vez. Empiezo a preguntarme si el chaval es alguien orgulloso de su condición homosexual o si no tiene ni idea de la razón por la que es observado con tanto interés. Según pasa el tiempo, comienzo a inclinarme por que ignora el significado de su prenda multicolor. Esta opción gana más fuerza al darme cuenta de cómo radiografía a una mujer que va por la oficina de mesa en mesa. Ya es casualidad, pienso, que el destino te vista así con la que hay liada en madrid y en los periódicos y en los telediarios y en las radios y en las páginas de internet. Nos toca el turno al mismo tiempo: a él en la caja de la izquierda y a mí en la de la derecha. El empleado del banco le saluda con familiaridad. Hombre, fulanito -le dice-, vaya camiseta que llevas hoy, sí señor, con un par. Demasiado colorida para mi gusto -contesta contrariado el muchacho-, pero me la regaló ayer mi madre y no he tenido más remedio que ponérmela esta mañana. Y entonces el cajero que me correspondía tuvo que reclamar mi atención porque en ese momento yo ya estaba abstraído componiendo una trama familiar llena de sospechas.

lunes, junio 25, 2007

Allá vamos

Ya no hay marcha atrás. Ha comenzado la fiesta. Esta vez la cosa es tan gorda que no puedo abarcarla con mis brazos. Maldito secreto. Si en algo me estimáis, deseadme suerte. Van a ser unos meses, unos años, difíciles. Venga, dame la espada. Estoy poniéndolo todo de mi parte.

miércoles, junio 20, 2007

Zaida

Me contengo. Nunca me ha gustado la costumbre que tienen algunos padres de hablar constantemente de sus hijos. Por eso me contengo, aunque lo cierto es que me cuesta, porque esos ojos de ahí arriba se llevan buena parte de mi tiempo. Ahora está en esa etapa en que te hace partirte de risa a cada poco. La foto es de hace un rato. Dios mío, cómo la quiero.

martes, junio 19, 2007

Esto iba a tratar sobre bolaño

Soy lector indisciplinado, desobediente, caótico. A diferencia de la opinión más políticamente correctísima, no creo que leer sea bueno ni malo. Para mí leer es un placer, un placer casi imprescindible, pero entiendo que para otros sea un coñazo. Conozco gente extraordinaria que no ha leído un libro en su vida y a cretinos medalla de oro que son voraces lectores. También soy de la opinión de que intentar aficionar a la lectura a muchachos de 14 años a golpes de mío cid y cántigas es un error. Sé que mucha gente -sobre todo lectores- no compartirá lo que digo, pero lo pienso de verdad. Y todo esto, que es susceptible de desarrollarse mucho más para así seguir haciendo amigos, viene a cuento -no, no viene- de bolaño, de roberto bolaño. Hace algunos meses leí una novela suya y desde entonces me estoy machacando todos sus libros. Hoy he comprado la universidad desconocida. La primera parte, titulada la novela-nieve, comienza con un poema que me ha caído tan a propósito, tan oportuno, que me he pasado la tarde recitándolo para mis adentros. Dice así:

Esperas que desaparezca la angustia
Mientras llueve sobre la extraña carretera
En donde te encuentras

Lluvia: sólo espero
Que desaparezca la angustia
Estoy poniéndolo todo de mi parte

PNC

Sentado en la sala de espera de una notaría -esos sitios donde habitan vampiros con corbata legitimados por el estado para chupar la sangre- me preguntaba si un notario puede ser comunista. ¿Cabría, por ejemplo, un partido comunista de notarios?, o mejor, ¿un partido de notarios comunistas? Después de esta reflexión, he apuntado un título que me ha gustado para escribir algo: el notario comunista.

jueves, junio 14, 2007

Él baila solo

Acabo de despertar de una siesta de más de dos horas. He tenido un sueño inquietante y agotador:

Se inauguraba algo en una dehesa. No sé qué, lo que sí recuerdo es que estaba buena parte del equipo de gobierno municipal, con la alcaldesa al frente, y la cantante morena de aquel grupo que tenía por nombre ella baila sola. Desde luego, pensé, nos llegan todos los desechos de tientas a esta maldita ciudad. Había mucho movimiento de gente, muchas personas que iban de acá para allá, y yo tenía una sensación extraña, como de que algo iba mal. Constantemente me llamaban por teléfono del periódico y me metían prisa. Esto tiene que estar para ya, va en las páginas de apertura de región, vamos a necesitar cinco fotos como mínimo, y piensa también alguna para portada. ¿Pero de qué se trata?, ¿qué es esto?, preguntaba yo ansioso. No lo sabemos, era su respuesta una y otra vez a mi cuestión. Seguían llegando medios. Tal vez habría cincuenta o sesenta gráficos y todos se movían con seguridad, como si ya conocieran el terreno de otras veces. Qué raro, pensaba, esta gente viene de madrid y se conoce esto mejor que yo. Después de caminar un rato, la alcaldesa y la cantante morena de ella baila sola se subieron a una especie de balconada en una galería. No había manera de hacer una foto, el gentío se ponía delante y todo el mundo era más alto que yo, mucho más alto que yo. Al fin vi a un cámara de televisión que estaba subido en una escalera y me fui allí. Tampoco me resultaba posible hacer fotos. Del periódico me seguían llamando. ¿Cómo va la cosa? Bien, va bien, sin problemas. Miré la cámara para ajustar algunos controles y al levantar la cabeza no había nadie. Dios, ¿dónde están todos? Salí corriendo campo a través y no encontraba rastro alguno, como si todos ellos se hubiesen teletransportado sigilosamente a mis espaldas. Yo seguía corriendo desesperado. Las piernas me fallaban, me daban calambres. En una pequeña vaguada, sentados en una mesa merendero de madera, vi a tres compañeros periodistas. ¿Dónde están, donde están?, les pregunté con ansiedad. No tenemos ni idea, nosotros ya estamos acabando de escribir la crónica. Se escuchó una voz: eres un inútil, ismael. Yo me enfurecí. Me enfurecí y pedí explicaciones: ¿quién ha dicho eso? Un enorme gigante con bigote salió de debajo de una encina. No es que estuviera bajo la sobra del árbol, sino que aquel sujeto era de tales dimensiones que había arrancado una encina para arroparse. El tipo era realmente un gigante, tal vez seis metros y medio o siete de altura. Aún sabiendo que la pelea estaba perdida y que ponía en grave riesgo mi integridad física, por no decir mi vida, solté la cámara y me abalancé sobre él. Mis puñetazos le hacían reír, él ni siquiera me golpeaba –una risa de esas de gigante, teatral, con los brazos en jarra-, sólo esperaba pacientemente que me desfondara. Y así ocurrió, me quedé sin fuerzas, tirado en el suelo, en la misma posición que el hombre de vitruvio, pero en horizontal. El gigante me levantó y me dijo: por lo menos eres un tío valiente. El teléfono volvió a sonar. Sí, sí, lo tengo todo, sí, sí, todas las fotos, sin problema. De nuevo eché a correr. Ni rastro de nadie. Se me ocurrió llamar a un compañero fotógrafo de otro periódico, pero era incapaz porque sobre las teclas del móvil había crecido musgo que me impedía marcar. Estaba anocheciendo. Y entonces me desperté. Me duelen las piernas y los brazos y aún no se ha marchado esa desagradable sensación de desasosiego.

sábado, junio 09, 2007

Ferias




Llevo desde el miércoles de ferias. Trabajando. Cañas, toros, conciertos, casetas, atracciones del ferial. Mañana la cosa se remata con la celebración del corpus, que se mezclará con los últimos borrachos que aún queden apurando el domingo. Todo precioso. En verdad os digo que lo peor que le puede pasar a un fotógrafo es estar rodeado de gente que va hasta las cejas de sustancias estupefacientes. Ya me queda menos. Al final, alguna foto decente y mucho cansancio. Mucho, mucho cansancio.

martes, junio 05, 2007

Luis rosales, el hombre mejillón


Digo sin dudar que hay premios nobel con menos méritos que luis rosales. Ya es una aspiración en mi vida conocerle, echarle el brazo por encima y decirle: tío, te has sobrado, tus mejillones son una obra de arte, ni catedral de burgos ni pedro páramo ni el david de miguel ángel ni los girasoles de van gogh ni leches. Llevo lo menos un par de años comiendo los mejillones en salmuera de rosales -qué orgullo que nuestros apellidos se parezcan-. Antes de escribir estas líneas he buscado en google luis rosales mejillón y la primera entrada que aparece es una de este blog, fechada en noviembre de 2005. Se merece la doble mención y mucho más. Luis, te admiro.
__________

Nota: en carrefour están junto a la pescadería, en los estantes de refrigerados.

jueves, mayo 31, 2007

Lo prometido






A mí lo que más me gusta del periodismo es el reportaje. El gran reportaje, extenso, cogiendo las cosas por sitios originales, con extensión suficiente para no quedarte en la corteza, para levantar las tapas de las cosas y meter la nariz y el ojo, sobre todo el ojo, dentro de ellas. Por eso disfruté tanto haciendo el especial de monfragüe. Creo que acertamos escogiendo una visión distinta del lugar, agarrando el asunto por su fauna humana y dejando de lado lo que ya se ha dicho de él tantas veces, como un sonsonete infinito. Fue una semana en la que me acordé mucho del tiempo que estuve trabajando por mi cuenta, decidiendo reportajes y haciéndolos después cómo me venía en gana. En algo miento, porque no hay día que no me acuerde de aquellos dos años en los que el sustento dependía de si al final me compraban o no las cosas. Sueño a veces con el frente polisario, con mohamed abdelaziz, con xavi manau y su trombón, con los gallegos recogiendo chapapote. Al despertarme suelo sentir tremendas ganas de hacer otra vez la maleta. Cada vez necesito más una buena descarga de adrenalina.

Cuelgo algunas fotos del especial. Todas tienen una historia detrás, pero a estas horas ya no tengo fuerzas para contarlas.

lunes, mayo 28, 2007

Los ciervos y frankfurt


Caminábamos por mitad de un monte de monfragüe. De vez en cuando el hombre se paraba, me solicitaba silencio con una mano y con la otra indicaba dónde había un ciervo o un buitre posado o un zorro agazapado. Me llegó a entusiasmar más la capacidad de aquel individuo para detectar fauna que la contemplación de la propia fauna. ¿Cómo era posible que los viera con tanta eficacia, con semejante rapidez de predador hambriento?, ¿qué clase de truco era aquél, si a mí me costaba verlos incluso después de que él insistiera en que mirase allí, allí al lado de aquella encina que es un poco más alta que las demás, justo delante de la peña redonda y oscura, a la izquierda de las retamas? No es por mi buena vista, dijo ante mi pasmo, es porque he pasado por este mismo lugar millones de veces desde que era un crío, y tengo grabado en la memoria este paisaje como si fuese una fotografía, de tal manera que cualquier cambio en la imagen me alerta, y esos cambios son, casi siempre, animales. La razón era, pues, que le chirriaba algo en la comparación de las dos imágenes: la interior de su memoria y la exterior que percibía en ese instante, e instintivamente saltaba la alarma de la no coincidencia, de la diferencia, y esa diferencia era la cabeza de un cervatillo, el lomo de una zorra, el hocico de un jabalí. Me pareció un razonamiento bello, sólido y aplicable a mi nevera, una teoría que iluminaba sin fisuras el motivo de que haya cosas en mi frigorífico que lleven años dentro de él y que ya no vea. Así es, con el tiempo han pasado a formar parte de la nevera en sí, como el bote de salchichas de frankfurt que vive al fondo de la balda de arriba. Mi vista ya no puede detectarlo por mucho que me empeñe en mirar y remirar en busca de lo que cenaré esta noche. Y puede que esto se lo tenga que contar algún día a un psicoanalista cuando, tras solicitarme que responda a sus palabras con lo primero que se me ocurra, diga él ciervo y responda yo frankfurt.

______________________

Nota: acabo de darme cuenta de que hace tiempo hablé aquí de un reportaje que hice -que hicimos antonio armero y yo- sobre el parque nacional de monfragüe, y que entonces prometí subir al blog alguna foto. Se me había olvidado por completo, pero lo haré, tal vez mañana si tengo un poco de tiempo. Lamento el despiste.

Navalmoraldigital

Mi amigo ángel mustienes ha decidido coger el camino de los valientes, se ha liado la manta a la cabeza y ha creado la página web de información sobre la comarca de campo arañuelo navalmoraldigital. Le va a ir bien porque es un gran tipo y un estupendo periodista. Comenzar con cualquier cosa es tener recorrido ya el cincuenta por ciento del camino. Suerte, mucha suerte para la otra mitad.

jueves, mayo 24, 2007

Esos funcionarios japoneses

martes, mayo 22, 2007

Sociedad anónima

Frente a la catedral de plasencia hay un edifico que albergó radio nacional. A pesar de que hace años cerraron el chiringuito y la ciudad se quedó sin sede del ente, hay un letrero en la puerta que sigue dando a entender que continúa allí la cosa -el ente-. Por delante de él pasaba esta mañana un hombre de unos cincuenta años con una mochila vieja y mojada a la espalda y algunos otros enseres repartidos por el cuerpo -una botella de agua, una bolsa de carrefour, una especie de pañuelos empapados...-. Este pobre no ha dormido hoy bajo techo, pensé al verlo. Se paró delante de la fachada y se puso a mirar con interés el cartel.
-A ver -dijo dirigiéndose directamente a mí-, aquí hay algo que no entiendo, amigo.
-Dime.
-Cómo coño radio nacional va a ser sociedad anónima si es de todos los españoles.
-Tienes toda la razón.
-No, coño, claro, no puede ser anónima porque es de todos los españoles, uno por uno, y todos tenemos nombre: fulanito de tal, menganito de cual. Uno por uno. Que sea una sociedad anónima una por ahí que vete tú a saber de quien es... pero, coño, ¡radio nacional!
-Sí señor, tienes toda la razón -le dije sonriendo y sintiendo sinceramente tener que marcharme, porque era uno de esos tipos con los que me gusta pararme-.
-No, no me llames señor -dijo de pronto ofendido-. Yo no soy un señor, soy un caballero, que es diferente. Ah, y licenciado en periodismo.
Tuve que arrancar la moto y salir a toda prisa, a atender la urgencia, recomiéndome por dentro por no poder pararme a charlar un rato con aquel tipo de la mochila.

Agua va

Esta noche, mientras escuchaba caer con estruendo la lluvia sobre el tejado de mi casa, pensaba: mi cama es una barca, como el blog que tiene ese nombre que tanto me gusta. Nada de sentido metafórico, mi cama va a ser una barca en breve como esto siga así. Por la mañana me asomé a la ventana y vi que estaba cayendo la de dios es cristo. Otro día más, para variar. Al rato me llamaron del periódico: se han inundado dos garajes de tres plantas cada uno. Al llegar, con algarabía y en moto, comprobé que para hacer las fotos tenía que bajar hasta la última planta, hasta donde el agua me llegaba algo más abajo de las rodillas. Como se podrá imaginar, no había luz, así que allí me vi, a oscuras, dándole al flash de vez en cuando para intuir siquiera dónde estaba, andando a tientas, sintiéndome uno con el líquido elemento. Extraordinario. Y al llegar a casa, una duchita para quitarme el frío de la inmersión. Para comer me hubiese apetecido una sopa. O sopita.