El fallecido
Esta tarde estaba en casa trabajando, escuchando de fondo a bobby darin, tan feliz, a mi rollo, sin meterme con nadie, cuando sonó el teléfono.
-Buenas tardes, ¿don ismael rozalén, por favor?
Don ismael, uy, ya empezamos mal, pensé.
-Sí, sí, soy yo, dígame.
-Buenas tardes, don ismael, le llamamos de cajaextremadura.
Madre mía, un banco me llama por la tarde. Algo pasa. Me puse en guardia, por si acaso.
-Como usted sabe -prosiguió la señorita-, tiene un seguro de vida asociado a su tarjeta de crédito, don ismael, y le llamo para darle una buena noticia.
Entonces asomaron en mi cabeza tres conceptos: seguro, muerte y buena noticia. Estoy muerto, pensé.
-Ahora -seguía la mujer a lo suyo- si usted fallece, las compras que haya hecho quince días antes no tendrán cargo alguno. ¿Qué le parece?
-Verá, a ver si he entendido bien, me está diciendo que lo que haya comprado dos semanas antes de morirme no me lo cobran.
-Eso es, don ismael, ¿y qué le parece la noticia?
-Me parece impresionante, un notición.
-Pero esto no es todo, don ismael.
-Hay más.
-Hay más. Si su fallecimiento es en transporte público, la cantidad que recibirán los beneficiarios será el doble que la que tenía contratada hasta ahora, porque, don ismael, hemos firmado un acuerdo con caser que, como estará comprobando, mejora las condiciones notablemente. ¿Qué le parece esta mejora, don ismael?
-Una mejora considerable, desde luego. Me están dando ganas de fallecer ahora mismo.
La operadora o vendedora, o lo que fuera, se echa a reír pero sin perder el tono gris y metálico de operadora robótica.
-Ya sabe usted, don ismael, que es mejor tratar estas cosas directamente, siempre es complicado hablar sobre un seguro de vida.
-Discúlpeme, señora, pero de lo que usted está hablando con tanta resolución no es de un seguro de vida, es de mi muerte. Quiero decir, que yo estaba en mi casa trabajando, dándole vueltas a mis cosas, y de pronto me suena el teléfono y usted me hace pensar, lo quiera o no, sobre mi muerte, a la que usted lleva cinco minutos llamando su fallecimiento. Y al final, claro, aunque usted no me lo ha dicho, estas mejoras cuestan no sé cuanto al mes.
-Sí, don ismael, doce euros cincuenta y con el compromiso de que esta cantidad no se incrementará con la subida del ipc anual, ¿qué le parece?
He colgado el teléfono, sin perder la compostura, y me he visto dentro de un ataúd, blanco, rígido, frío, fallecido, que es lo mismo que muerto, pero con mejor olor. Me metían en el nicho y se oían comentarios entre los asistentes al sepelio: menos mal que pagó los doce con cincuenta más, ahora, ya ves, que van a cobrar el doble, vaya suerte, en accidente de tren, fíjate, el doble, el doble... uy, y eso no es lo mejor, pues no te digo que diez días antes había pagado un coche con la tarjeta... no me digas, madre mía, qué potra... ya te digo, como si se lo hubiese olido.
