El secreto del mal (I)
Bolaño, bolaño, bolaño. Sigo con roberto bolaño. Este hombre tiene algo que me llega de manera contundente y especial. Tiene, por ejemplo, una valentía al escribir que me entusiasma, una fuerza que no se aprende con la práctica ni con la lectura ni con la vida ni con nada y que, en mi opinión, es lo que diferencia a un escritor de un redactor con más o menos sensibilidad. Me da lástima que muriese con cincuenta años. Perra vida, con cincuenta años. Hace un rato he terminado el secreto del mal, una serie de textos encontrados en su ordenador y reunidos póstumamente por anagrama. Hay que vender, y yo, en este caso, lo agradezco. "Reúne este volumen un puñado de cuentos y de esbozos narrativos espigados entre los numerosos archivos de texto -más de medio centenar- que se encontraron en el ordenador de Roberto Bolaño tras su muerte", dice ignacio echevarría en la nota preliminar. Destaco uno que se titula playa y que es un buen ejemplo de esa fuerza a la que me refería antes. En fin, yo iba a contar otra cosa. Iba a contar que tras cerrar el libro he mirado y remirado durante un rato la ilustración de su portada. Aparece en ella un hombre con un puro en las últimas en su mano derecha y una copa de champán en la izquierda. Tiene cala de malo, pero no de malo de película, sino de malo cabrón, de ser retorcido, frío, vengativo, maquinador, vicioso. Qué bien elegida está la portada, si esa persona existió, he pensado, el modelo debía de ser alguien al que el autor aborreciese sinceramente. Después, he buscado el autor y el nombre de la ilustración: max beckmann, autorretrato con copa de champagne.
