¡Agua va!
Barrunto las tormentas. Llevo todo el día sintiendo una electricidad que me recorre el cuerpo, un malestar de alta tensión, una intranquilidad y un nosequé ansioso. Además el día ha sido -está siendo- extraño, de rumbos que rectifican de pronto llamadas telefónicas, soluciones que han de tomarse en un segundo, citas que se cancelan según llego a los sitios fijados para las reuniones. Pero lo mejor acaba de pasarme hace un rato: al bajar del coche me ha caído encima una lengua de agua, no de lluvia, sino de una albóndiga común que estaba fregando el alféizar de una ventana y a la que no se le ha ocurrido otra cosa que tirar el líquido sucio a la calle, al modo de siglos pasados, sin anunciar, para colmo, ¡agua va!. A mis voces ha respondido: pues llevo aquí cinco meses y es la primera vez que me pasa. He arremetido contra ella a gritos. Luego, ya en casa, he lamentado haberme puesto como un energúmeno, pero es que el numerito ha sido como para un programa de vídeos caseros. Acabo de salir de la bañera, me metí en ella con un doble objetivo: limpiarme y tranquilizarme. Ambas cosas he conseguido. De momento, porque otra vez me echo a la calle. Y ya llueve.
