Cretino dios
He estado en el infierno. Hace unos días. Un infierno con pasillos en los que retumban alaridos y a los que se accede tras abrir cerraduras. Pasillos llenos de puertas con unas ventanitas sin acristalar por las que aparecen de pronto cabezas gritando o manos o brazos enteros estirados como para coger algo y no soltarlo ya nunca.
-No haga usted aquí fotos, por favor.
-No se preocupe, le aseguro que no se me ocurriría.
En las paredes hay colgados dibujos, algunos con lentejuelas pegadas, otros son rayones de colores o líneas que asemejan animales o paisajes. Los cuidadores vigilan los pasillos, limpian las manos y las caras de los que deambulan de un sitio a otro caminando o en sillas de ruedas, de una puerta cerrada a otra puerta cerrada. La luz es de fluorescentes, blanca, sin apenas sombras.
-Le impresiona esto.
-Sí, mucho, muchísimo.
-Es normal, no se preocupe. Mucha gente empieza a trabajar aquí y aguanta dos días. Esto es duro.
-Imagino que uno se acostumbra a todo si no tiene más remedio.
-No, te acostumbras a soportarlo, a encararlo cada día.
Seguimos avanzando por uno de los pasillos. Mi acompañante saca una llave del bolsillo para abrir la siguiente puerta. Un hombre al ver el gesto del celador sale corriendo hacia nosotros. Tiene la cabeza muy grande, rapada, el cuerpo pura fibra, es un tipo fuerte y muy nervioso, de movimientos rápidos y contundentes.
-No, ya sabes que no puedes salir ahora. Venga, ya lo sabes, agustín, no te pongas pesado, no puedes salir.
Agustín busca el hueco abierto y empuja con ansiedad, intenta colarse a toda costa. Yo llevo la cámara colgada al hombro y la protejo con el brazo. Según lo hago, me avergüenzo de ello, pero no sé hasta dónde va a llegar agustín, aunque al final sólo llega hasta donde le dejan: hasta este lado de la puerta. Yo ya estoy en el otro, en la orilla de los vivos con la certidumbre de que o dios no existe o es un cretino.
