ismael rozalén

martes, septiembre 04, 2007

Hoy, escarcha

Ayer por la tarde llegó el congelador nuevo. Es uno de ésos que no hacen escarcha, lo llaman no frost. Así que, cuando cogió la temperatura óptima, nos dedicamos a hacer el trasvase de alimentos y aguardientes de un aparato al otro y el viejo lo dejamos desenchufado y abierto para que fuese derritiéndose el hielo –kilos y kilos de hielo-. Tras la tediosa tarea –qué hago con estas gambas, en este bote no sé lo que hay, dónde meto las barras de pan, cómo vamos a tirar estos filetes-, me senté en la mesa de la cocina a terminar hoy, júpiter, convencido de que la temperatura ambiente haría su trabajo y de que el agua iría cayendo en los cajones sin que aquello nos fuese a suponer más esfuerzo que el de vaciarlos en la pila del fregadero a la mañana siguiente.
La casa estaba en silencio. Mi casa está en una calle sin salida y apenas se escuchan pasar coches o motos, ni siquiera cuando las ventanas están abiertas. De modo que, ya digo, me senté a leer en la cocina, concentrado en la resolución de las tramas del libro, absorto en las vidas de tomás y dámaso. Según fue pasando el tiempo, comencé a escuchar las gotas de agua que caían en los cajones del congelador. Ya está haciendo su función el calor, pensé con satisfacción. Era, desde luego, un sonido agradable, de cueva con estalactitas, lo que, lejos de incomodarme, me hacía más agradable la lectura. Fue al llegar al final de la página cuatrocientos y terminar el libro cuando levanté la vista y reparé en que un pequeño reguero de agua se escapaba del congelador y discurría despacio por el suelo, formando, un par de metros después, un laguito transparente y, luego lo comprobé, casi helado.
¡Vaya inconveniente! Cómo irse tranquilo a la cama. Porque no bastaba con recoger el agua, poner unos papeles de periódico y marcharse a acostar. Era de suponer, viendo el volumen que aún quedaba por descongelar, que a lo largo de la noche el goteo fuese formando no ya un charquito, sino un lago con sus cisnes y con sus ranas y, vista la temperatura, algún pingüino común. ¿Pero no habíamos quedado en que la escarcha iría cayendo en los cajones? Es verdad que iba cayendo, sin embargo, por los laterales de las rejillas se resbalaba un hilo de líquido que sorteaba la entrada prometida e iba buscando la salida hasta una bandeja en el fondo del congelador que se llenaba y acababa por rebosar. Y ese maldito hilillo a simple vista parecía escuálido y sin importancia, pero a medida que pasaban los minutos era bastante para, así lo consideré a esas horas de la noche, terminar por ocasionar un problema de humedad en el piso de abajo.
Puse diez o doce periódicos e hice ademán de marcharme. Pero regresé. Puse otros tantos más. Cubrí todo el suelo con la prensa regional. Y a veces me paraba en alguna portada o en algún titular que se me escapó en su día y que en aquel momento llamaba mi atención. De nuevo marché. Otra vez regresé intranquilo. Cansado de vaciar con una bayeta la bandeja inferior, ideé un sistema rudimentario pero eficaz para acelerar y simplificar el drenaje: sumergí el extremo de una pajita, chupé hasta que el agua llegó a mi boca y luego la dejé caer en un barreño. Así se roba la gasolina, me dije. Más tarde estudié con esmero cómo obligar que el agua díscola rectificase su rumbo y cayese en los cajones. Comencé por utilizar un dedo para dibujar canales helados, cauces artificiales, nuevos rumbos de ríos árticos. Y el método funcionaba, al menos hasta que se desplomaba alguna parte fundamental, una avalancha imprevista, y de nuevo el agua hacía lo que le venía en gana y me fastidiaba la obra de ingeniería. Fui al cuarto de baño y me hice con el secador de pelo. Vengo armado, avisé al ponerme frente al electrodoméstico. Sólo triunfé a medias. Sí, la escarcha cedía ante el kalashnikov, pero, para mi asombro, también propiciaba un desorden incontrolable, tan pronto acertaba con la pieza elegida como las labores de fundido se volvían contra mí y caía al suelo más agua aún. Cada pocos minutos, volvía a tirarme en el suelo para volver con las tareas de robo de combustible, cada vez con más destreza, cada vez con mayor rapidez. No, no era buena idea usar el secador, mejor usar métodos manuales, pensar primero de qué partes deshacerse, dónde sería oportuno poner la palma de la mano, qué porciones de hielo ir eliminando con astucia, técnica y estrategia de ajedrecista: Sí, aquel pedazo primero. Logré hacerme con una buena batería de herramientas: un vaso de plástico, una cuchara de madera, un trapo de cocina, una olla en la que ir metiendo las piezas cazadas.
Poco a poco, el congelador fue quedándose vacío, limpio, cesando el golpeteo de las gotas. A las tres y media de la mañana la victoria fue mía y me fui a la cama. En algún momento, mientras subía las escaleras, reflexioné: hace muchos, muchos meses que no conseguía vaciar mi cabeza de problemas y trabajo y dudas y proyectos como lo acabo de hacer esta noche. No sé –o prefiero no hacer nada para saberlo- si esto es bueno o malo, aunque lo cierto es que disfruté como un niño y que sentí un fuerte arrepentimiento por tener, a partir de ahora, un congelador que no precisará ya nunca jamás en la vida tareas de deshielo y evacuación.