Orden
Mi mesa: el teclado en el que ahora escribo, el monitor con decenas de notas pegadas con cinta celo, un disco duro externo, papeles con cosas escritas –muchas tareas pendientes-, tarros de cds y dvds, un bote repleto de bolígrafos de los que no escriben ni una cuarta parte, tres pilas duracell que algún día abandoné ahí, el ratón, un timbre de esos de hotel que se utilizan para llamar al recepcionista o al botones ausente, los altavoces, bandejas con más papeles, el flexo, algunos libros apilados, la impresora, otro bote con más bolígrafos y lápices, bolsas con fotografías, un nebulicina adultos, cuadernos, el cargador de la batería de la cámara, facturas emitidas y facturas soportadas, una foto de nana y zaida, cinta celo para pegar las notas al monitor, un catálogo de cámaras, unas tijeras, tarjetas de visita, una regla, el atlas larousse de las estrellas, un destornillador, la fotocopia de mi dni, correo de bancos y cajas, una carta de la junta de extremadura, una caja de biodramina –que no sé qué coño hace ahí porque yo no me mareo nunca cuando viajo-… De vez en cuando una mano silenciosa pasa por encima de mi mesa y lo ordena todo, y luego yo no encuentro nada y tengo que llamar a nana para preguntarle desesperado dónde está aquella nota en la que había calculado el coste hora hombre y el coste hora máquina –la respuesta suele ser en su sitio-. Pudiera ocurrir que el orden que aplicamos a nuestra mesa corresponda de alguna manera al que tenemos en nuestra cabeza. De ser así –que va a ser que sí- he de pedir cita urgentemente con el especialista.
